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Puntual como las elecciones yankees a celebrar en el segundo martes después del primer lunes tras un domingo primero que sigue a un viernes tardío de noviembre, hemos vuelto a celebrar nuestra célebre “Cena dominica”, conmemoración anual de los que compañeros fuimos de aquel colegio en los años sesenta y setenta.

Este año con participación más bien reducida (unos 20 fieles) pero con la alegría y gana de conversación habitual. Por allí aparecieron los habituales y una sorpresa, nuestro entonces “joven” profesor de ciencias naturales y conocido naturalista Carlos Enrique Pérez Collados, que se acercó a saludarnos y vernos ya creciditos.

En fin, un año más viejos, abundantes canas y kilos de más, pero alegres y contentos de volvernos a reunir.

Dejo, como es tradición, la pequeña galería que atestigua la celebración.

Enlace a cenas dominicas
Enlace permanente a la galería de fotos de la cena de 2008

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La verdad es que el término de célebre zaragozano desconocido en cuestión es una ambigüedad en este caso, ya que es a la vez topónimo y antropónimo. Quiero decir que, para los que en los años setenta frecuentábamos “El Pijas” nos teníamos que encontrar con el susodicho “El Pijas”, persona.

Bueno vamos al grano, que así no se entiende nada.

Como ya comentaba en otras entradas de esta bitácora (por ejemplo en Célebres zaragozanos desconocidos (1): Antonio Vidal o en La cena de ex-dominicos de 2007) yo estudié en el Colegio Cardenal Xavierre de los PP. Dominicos de Zaragoza durante casi toda mi vida colegial (en concreto desde 1º de E.G.B. hasta 3º de B.U.P., ya veis que soy pre-LOGSE, pre-LOE, pre-…). La adolescencia la viví en los alrededores de la plaza San Francisco, lugar ciertamente elegante y encantador que todavía me atrae. Eran los años 70, esos que ni fueron felices ni comieron perdices, solo fueron, con algún destello de música, algún final infeliz para las películas (Vietnam, sobre todo) y, en España, el final de Franco y el comienzo de la transición.

Pero nosotros eramos ajenos a todas esas infelicidades de la década. Nosotros nos centrábamos, sobre todo, en jugar al futbolín. ¡Vaya pedazo de deporte! Efectivamente, bien calificado como deporte pues las sudadas que nos metíamos eran memorables, y las estrategias para “hacer jugada” sin que te pillaran o lanzar “moscas” eran más propias de Napoleón. ¡Y vaya inversión de horas! En cuanto teníamos un minuto íbamos corriendo desde el cole hasta los futbolines para que no te pillaran último, ya que tocaba pagar la primera partida (el resto no, que pagaba quien perdía). Aun jugando bien era la ruina pues te podías gastar perfectamente 20 pelas si no espabilabas.

Había verdaderos expertos, más bien artistas. Yo siempre recuerdo las moscas de Chencho que hasta doblaba la barra de los jugadores para elevar la bola hasta la altura de su mano y lanzar un latigazo que destrozaba la portería rival. Otros como Fernando Carreras eran una barrera inexpugnable en defensa, Jesús García en cuyas manos los jugadores vivían o Luis Conte que prácticamente vivía en la tabla, ya que no se le conseguía batir y, por tanto, no “salía” (el término proviene de “jugar a salidas”, bien conocido por muchos, consistente en que quien pierde deja de jugar y entra otra pareja). Algunos de ellos formaban las parejas más famosas desde Menéndez y Pidal o García y Márquez.

Yo no era muy bueno, aunque tampoco malo. Solía salir pagando una o, como mucho, dos partidas en una tarde de deporte. El tiempo, claro, me perfeccionó y cuando dejé el colegio era ya casi un maestro. Claro que de poco me sirvió pues fui por otros derroteros y dejé tan sublime actividad ociosa.

Pero volvamos al lugar. “El Pijas” era el local de futbolines por excelencia. También había otros como “El Corona” pero no tan frecuentado ni tan preparado para la actividad. Estaba (y digo bien, pues ahora creo que es una tienda de chuches) en la calle Corona de Aragón casi esquina con Pedro Cerbuna (ver localización), al lado de la Universidad. El local en sí era insufrible: no más de 30 metros cuadrados en el que se desperdigaban una docena de máquinas de millón, unas pocas de marcianos (pocas, que eran novedad y supercaras) y cuatro mesas de futbolín bastante desgastadas. La limpieza no era muy brillante, sobre todo en paredes y techo (creo recordar que en diez años se pintó una vez y fue memorable) aunque el suelo estaba ya desgastado de tanta lejía. Luz, lo que se dice luz, poca, casi nula. Más parecía un antro o un puticlú ya que de la minúscula puerta no entraba nada y artificial muy poca, había que ahorrar con lo que gastaban las dichosas maquinetas.

El local lo regentaba Diego “El Pijas”. No se quien le puso el mote, pero le pegaba por dos razonas: la primera porque, en su lenguaje casi ininteligible, era una de las palabras más utilizadas; y la segunda, por su propio aspecto. Era todo un carácter, bueno, más bien tenía una mala leche que no había quien le aguantara. Pensándolo con el paso de los años y sus inevitables gafas correctoras, no era de extrañar, ya que hay que reconocer que eramos de cuidado: unos con las ganzúas abriendo las máquinas (para sacar el dinero o solo para ponerse partidas gratis), otros con arranques de ira que hacían dar la vuelta a las máquinas de los empujones recibidos, algún conato de enfrentamiento con “macarras” y así un largo etcétera. Por eso no era de extrañar que “El Pijas” en seguida sacara su carácter y, por ejemplo, echara a alguien a la calle con patadas incluidas (sus patadas son antológicas, nunca he visto nada igual; se propinaban con el pie extendido contra el trasero del expulsado, de tal forma que se recibían con la suela !!!).

De su aspecto físico, lo más mencionable era su peluquín. Llevaba un horroroso bisoñé que destacaba enormemente con el color y textura de sus patillas. No muy alto, mediana edad, cara con aire despistado y de pocos amigos. Normal.

Algunos ratos le echaba una mano su mujer, Palmira, persona encantadora, tierna y amable donde las hubiera, justa contraposición de su colérico marido. La Palmira (o Sra. Palmira, depende) era una auténtica madre con nosotros. La pobre terminó oyendo, sabiendo y aconsejando todos nuestros problemas adolescentes: los cates, los curas sin escrúpulos, nuestros primeros enamoramientos, … De hecho, creo que le contábamos más cosas que a nuestras propias madres, sobre todo porque era todo comprensión y nos conocía mejor que la que nos parió.

Allí pasábamos las horas, los días… La media hora de recreo era obligada, otro rato al salir al medio día, otro pequeñito antes de entrar por la tarde y, muchas veces, casi toda la tarde tras salir de clase. Y los fines de semana… Algunas veces, no muchas en la mayoría de nosotros, era el lugar de concentración de las pirolas, pero todavía no estábamos preparados para esas ocurrencias, demasiado infantiles e inexpertos para atrevernos a tanto.

El tiempo, como siempre, pasó. Unos pocos años después de salir del colegio, Diego “El Pijas” murió, no recuerdo de qué. Siguió su negocio Palmira. Alguna vez, ya con veintitantos aun me acercaba a hablar con ella. Luego también lo dejó y lo traspasó, cambiando las bolas de futbolín por frutos secos y cantimploras de jarabe hiperdulce.

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Pues sí, que hay trabajos y trabajos y que el que me tocó en la tómbola de la vida no es vida. Y es que la informática mal, pero los sistemas informáticos, peor, pero si además das servicio a 5000 empresas en Internet, ni te cuento…

Llevamos dos semanas en un sinvivir. Y todo por nuestra culpa: se nos ocurre montar los servicios de correo (unas 50.000 cuentas) en un cluster para tener “máxima disponibilidad”, “mayor eficacia” y, en fin, todo para bien. Lo hacemos conscientes de que a los usuarios debe ser transparente y solo mejorar. Pues la cagamos, bueno, no nosotros, los sistemas, pero es que estamos detrás, que le vamos a hacer.

El sistema pensado era chulo, de esos que te enorgullecen ya que no conoces a nadie que los tenga para montarlo y encima aúna todo para que funcione fenomenal. Ponemos tres pedazo-de-equipos accediendo a una cabina de discos en forma activo-activo, es decir, los tres acceden al mismo filesystem en lectura-escritura y unos balanceadores de carga previos reparten las tareas para que no se cansen. Todo demasaiao…

Pues eso, que todo funciona bien desde que empezamos la migración (hace más de tres meses) hasta finales de agosto. Todo se había trasferido, solo faltaban un par de cosillas que tocar para que se accediera al sistema configurado de forma balanceada. Lo hacemos el 27 de agosto y parece que, si bien presenta más carga de la esperada para esas fechas, funciona.

Pero es que faltaba septiembre con los usuarios ansiosos de leer todo su correo acumulado. El lunes 3 empieza a fallar, no está claro en qué pero seguro que no va bien. Vemos que hay una sobrecarga en los servidores que los hace casi inoperativos pero los servicios están correctos. A final de día observamos que el acceso a la cabina no es fluido y que al demorarse el acceso a los ficheros, los servicios se acumulan y la sobrecarga está servida.

A partir de allí empieza el sinvivir comentado y el cúmulo de desgracias de dos semanas. Montamos equipos nuevos para descargar de tareas (y ficheros accedidos) al cluster. Parece que mejora pero de vez en cuando todavía se cae lo que queda en los equipos del cluster. Trasferimos más dominios y cuentas a los dos nuevos montados: mejora pero, como las desgracias no van solas, uno de los servidores nuevos cae sin más explicaciones…

A todo esto, los usuarios, con toda razón, están que trinan. Y es que un día o dos con problemas de correo se llevan, pero casi diez, es imposible. A veces creo que los usuarios tenemos más paciencia que Job…

Dejamos la semana pasada con un sistema semiestable. El lunes comienzan los problemas que arrastramos hasta hoy. Hoy el acceso a la cabina de discos se ha hecho imposible aun sin servicios activos. Solo a las 18 horas hemos conseguido el acceso para recuperar lo que queda. Mientras tanto hemos montado dos nuevos servidores y puesto operativo el correo, aun perdiendo momentáneamente lo archivado (eso lo hacemos mañana). Ahora estamos copiando una buena cantidad de GB.

Así que esta es la vida. Ha habido días de dormir 3 o 4 horas y encima sin tener la certeza de que todo funcione bien…

Bueno, en el axioma de que ningún mal viene solo, se me rompe un disco duro de mi equipo (solo 200 GB de información, la mayoría inutil, claro) y a mi compañera Isabel el portátil. A recuperar y empezar…

No es mi mejor momento, en otra oportunidad estaré más en forma…

Antonio

PS: No se os ocurra montar un sistema de cluster en Linux contra cabina IBM DS4300 con sistema OCFS. Aunque tampoco tengo claro que todo eso sea lo que ha fallado. En fin…

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Pues sí, de vuelta de vacaciones y de vuelta de todo…

Ya pasaron estos días en los que todo el mundo habla de descanso, tranquilidad, cargar pilas, etc. y que nunca nadie consigue pues se cambia por paellas, barriga, cervezas y arena hasta en el paquete de tabaco (por cierto, a ver si este año limpio el coche antes, que el anterior llevé arena hasta febrero)

Y es que con tanto tiempo libre, los que somos un tanto hiperactivos nos da algo. Si pudiéramos dedicarlo a “nuestras cosas” el tema andaría bien, pero dedicándolo a ninios, charlas insulsas, relaciones sociales y demás, la cosa hace que en ciertos momentos uno prefiera volver a la caña.

Bueno, pues eso, bienvenidos y al tajo.

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La idea de escribir comentarios personales en la web nunca me ha resultado especialmente interesante. Tal vez sea porque considero que para que lo sea quien escribe debe ser interesante y yo no pienso que lo soy.
Pero un gusanillo sentía hace días. Lo cierto es que algún comentario siempre puede estar bien y si bien no me considero interesante, sí que pienso que toco un poco de todo y eso puede enriquecer.
Por ello empiezo con este Blog. No sé que continuidad tendrá, tal vez depende de lo que me enganche.

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